Sentado en un sillón, observando como la luz se filtraba por el espacio que quedaba entre la separación de las cortinas. De un momento a otro decidí ir a beber un vaso de agua fría para que mi cuerpo recuperara su temperatura. En aquel momento te vi sentada en la mesa con una botella de vino con la cual llenabas cada cierto tiempo una copa, que por cierto, en ningún momento estuvo vacía. “Ya estas bebiendo de nuevo, madre, cuando dejaras esa mierda de vida que llevas. Estando ebria todos los putos días no olvidaras la muerte de mi padre”, “Tranquilo hijo, es solo una copa nada mas, no me embriagare con solo una”. El mismo discurso de siempre, deje ese lugar sin siquiera beber mi vaso de agua.
Lentamente solté un suspiro de tristeza, seguido de una lagrima que hizo un sonido al caer en el suelo, yo sabía que la vida de mi madre tarde o temprano se acabaría si seguía así, pero que, ¿Qué podía hacer?, ella nunca prestaba atención a lo que decía, por lo que lo que yo dijera, para ella seria vano palabrerío. Siempre decía que lo dejaría, pero al volver a casa del colegio ya estaba bebiendo de nuevo,¿& que pasaba con lo que habíamos hablado aquellas mañanas?, se iba a la mierda.
Ya había estado en rehabilitación, ya había hecho hasta lo imposible por dejarlo, pero su cuerpo se lo pedía, no podía vivir sin alcoholizarse o drogarse…& me pregunto, ¿Pensara en nosotros cada vez que sus labios hacían contacto con esa copa?. Me daba miedo ir al colegio, no por lo que me pudiese suceder dentro del, sino que por lo que hacia mi madre cada vez que dejábamos la casa, la verdad, es que me hubiese gustado estar ahí cada vez que no había nadie en ella(Aparte de mi madre). Pero no podía, tenía que cumplir con mis obligaciones.
Una vez más llegaba & mi madre estaba ebria, solo que esta vez no pude contenerme más & lloré, lloré como un niño sin su juguete, como si mi madre estuviese muerta, la verdad, es que lo estaba desde la primera vez que bebió una copa de vino, todos sabíamos que su futuro no era bueno, & que cada vez estaba más cerca, mucho más cerca de lo que todos pensábamos.
Era un día sábado, nuestro amigo de infancia, Juan Carlos, recién llegaba de Pto. Varas, estábamos tanto yo como mi hermano muy emocionados por su llegada, mi madre, estaba encerrada en su pieza, ebria. Recuerdo que esa mañana había hablado con ella & nuevamente me prometió que no volvería a tomar, que sería una mejor madre & que me compraría un celular nuevo. Pero no hubo celular, no hubo un cambio en ella, no hubo nada. Ese día fue uno de los peores de toda mi vida. Yo & mi hermano, acompañados de nuestro gran amigo fuimos a echar un vistazo a su casa, para ver como habían acomodado todo, sin saber lo que más tarde ocurriría.
Al volver a casa, todas las luces encendidas, la puerta mal cerrada, la música de la radio de la pieza de mi abuela sonando & lo peor, no había nadie en casa, no sabíamos lo que había pasado, mi instinto me dijo que debía asomarme a la terraza, que era necesario & lo hice, solo vi a alguien tirado en el piso rodeado de paramédicos & policías, mas tarde, noté que la vestimenta era la misma que llevaba mi madre aquella noche, “Hermano, se suicidó, se lanzo para abajo”, “¿Quién?, ¿De qué hablas?”, Mi hermano se asomó por la ventana & vio lo que yo había visto, corrimos despavoridos hacia abajo, los policías tanto como los vecinos me intentaron detener, para que no viera lo que pasaba, los golpeé con toda mi fuerza & logré zafarme, al acercarme a aquel persona que estaba tumbada en el piso, noté que era mi madre. Ella estaba con máscara de oxigeno, los paramédicos le tomaban el pulso, de un momento a otro, un policía me agarró & me lanzó hacia atrás, yo me solté a llorar, como nunca lo había hecho antes. El fin había llegado.
A las 10:15 de la noche de aquel día sábado quince de mayo, mi tío llamó a la casa confirmando la muerte de mi madre. Yo, mi hermano & nuestro amigo nos fuimos de la casa, salimos a caminar, sin destino alguno, solo queríamos salir de ese lugar tan lleno de tristeza.
Finalmente, llegamos a casa, pasada la medianoche. Recuerdo que esa noche no pude dormir, no podía sacarme la imagen de mi madre agonizando en el piso, desde aquel día, nunca más creí en las promesas de la gente.
Elza Aparecida Lamin, 15/05/05, Q.E.P.D.
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